RICARDO PEÑALBA, FINCA TORREMILANOS

Ahora que los días son más largos y que las temperaturas van subiendo es un buen momento para disfrutar de los vinos rosados.

Nuestro Montecastrillo rosado 2019 frente al hotel de la Finca Torremilanos.

El vino rosado es un vino poco comprendido y consumido entre la mayoría de los españoles. Pese a la extendida creencia popular mencionada, son vinos ideales, no solo para los momentos de más calor, sino para todo momento del año.

Tradicionalmente en Aranda de Duero, se acompañaban los cuartos de lechazo asado con rosados y claretes, presentados en su tradicional jarro de barro. Vinos ligeros, con un grado alcohólico moderado, que combinaba muy bien con la grasa de los cuartos.

Ahora el vino rosado ha quedado marginado.

Hay un consumo importante pero es, sobre todo, en la exportación. Lugares del norte de Europa y Estados Unidos son dos buenos ejemplos de dónde sí tiene acogida. Ya no existe ese consumo cercano y alegre que teníamos en el pasado con estos vinos.

Muchas bodegas han suprimido el vino rosado de su gama. Otras pocas, han apostado por hacer rosados
más especiales, recuperando a su manera las antiguas técnicas del clarete, para darle crianza en barricas y una mayor vida en la botella.

Nosotros en la Finca Torremilanos hemos apostado por mantener el tipo de rosado que se viene haciendo desde los últimos 40 años (Montecastrillo), al igual que recuperar el concepto del “Clarete Fino”, empezando por revivir el estilo del “Ojo Gallo” (Torremilanos). Incluso hemos abordado el reto de hacer un rosado de 11º, más ligero y con dos fermentaciones, buscando una vendimia pronta en nuestras viñas bajo la insigne firma de Peñalba López.

No hace tanto tiempo el consumo de vino en nuestro país era otro. La gente se “iba de vinos”, salía a alternar con vinos. En los años 80, el color que dominaba en el consumo de vino de España era el rosado, que coloquialmente se llamaba “claro”, pues no era oscuro.

Los pequeños productores caseros hablaban de su “ojo gallo”, por comparar el color del vino con el color sangriento del ojo de dicha ave, que era un elemento típico de nuestros pueblos y de nuestra gastronomía.

En aquellos “maravillosos años”, en los que el vino era un elemento indispensable de lo cotidiano, fuera bebido de la copa, del jarro, del porrón o de la bota, el vino tinto se bebía muy poco, era un vino de conocedores, que encontraba su sitio en las mesas más distinguidas para comidas más elaboradas de mantel de hilo y cubertería fina. Y, sin duda, lo que
era escaso era el consumo de vinos blancos, destinados principalmente a un público más femenino que frecuentaba las marisquerías y alguna de aquellas raras tabernas/cervecerías, donde el vino casi no estaba presente, pues lo que se consumía eran cervezas muy bien tiradas al estilo inglés.

Los vinos de tonos rosados se llaman así por su color ligero, fino y elegante y siempre tenían un brillo o destello rosa debido a su juventud.

La gama de colores de los rosados es amplia y extensa; desde un rosa verdoso, hasta un rosa cardenalicio, que si hay poca luz lo podemos considerar como tinto.

Al igual que el resto de vinos, dependiendo de su elaboración y crianza, podían tener vida de varios años en la botella. En la Ribera del Duero, probablemente el nombre de vino rosado no empieza a utilizarse hasta finales de los 70, principios de los 80.

Hasta entonces, en nuestra tierra, había muy pocos tintos: Vega Sicilia, el Tinto Pesquera de Alejandro Fernández, Protos, Torremilanos y algún valiente más que iba incorporando una capa de mayor color a estos jugos divinos, como pudiera ser los hermanos Pérez Pascuas, los hermanos Balbás, Ismael Arroyo y pocos más.

Sí que se decía que en la zona de Valladolid había más costumbre de elaborar vinos más oscuros, con más concentración, mientras que en la zona de Aranda de Duero lo que dominaba era nuestro clarete tradicional, que no era más que un “Ojo Gallo” hecho con mucho cariño, amor y esmero, pensando en refrescar la sed de nuestro paladar.

Estos vinos eran vinos de trago largo, que tenían muy buen beber, siendo el sello de identidad de cada elaborador; y no solo reflejaba sus mañas y su limpieza a la hora de trabajar en la viña y en la bodega, sino que también reflejaban una combinación de variedades únicas que rodeaba a nuestro tempranillo.

En aquella época se plantaban las viñas pensando en las sensaciones y los sabores que posteriormente tendrían los vinos. Cada uno tenía su juego de variedades y su forma de vendimiarlas. Eran vinos que mantenían los sabores de las bodegas subterráneas, de esas cubas que pudieran tener incluso tres siglos: “las mejores” según decían, pues en aquella época no se buscaban las sensaciones de las maderas, todo lo contrario, cuando había madera nueva se procuraba enmascarar o destinar los vinos más flojos a ellas. Decían que una cuba para que diera buen vino había que envinarla durante 8 años, hasta que los sabores de la madera no fueran tan dominantes.

Además se primaban los sabores auténticos, provenientes de las mezclas de las distintas variedades utilizadas de la cosecha, de la tierra, del paisaje natural (los viñedos estaban rodeados de arboles frutales, de plantas aromáticas, de plantas medicinales) y también de la salubridad de las bodegas.

Las bodegas de Aranda de Duero tenían fama de ser muy sanas y con buena aireación. Probablemente las mejores de la Ribera.

Bodega subterránea Ismael Arroyo

Volviendo al tema que nos ocupa, cuando adquirimos Torremilanos, el consumo de vino en España vendría a ser algo así como que, de cada diez botellas de vino que se vendían, nueve eran de rosado, una botella era de tinto y, muy de vez en cuando, se vendía una botella de vino blanco.

El clarete era un vino que fermentaba con parte de las pieles y del rampujo. Además se mezclaban variedades blancas y variedades tintas. Los rosados son vinos que fermentan sin la piel, pueden provenir del prensado directo o de una ligera maceración de “una noche”, cómo era tradicional antes (o incluso un par de días).

Me acuerdo de hace casi veinte años cuando, aparte de tener el mosto con la piel de la uva durante un día, le añadíamos “a posteriori” entre un 2 o un 3% de vino tinto para dar más color al vino. En aquel momento los rosados se buscaban con más color, probablemente por la tradición del clarete.

Los vinos rosados jóvenes son vinos que por lo general no tienen fermentación maloláctica. Al igual que los blancos jóvenes, tienen una acidez más marcada. El grado alcohólico que se suele buscar para estos vinos está a día de hoy en torno a 13º, pudiendo encontrar vinos de 12º o menos, incluso de 15º.

Los vinos claretes de antes, al estilo ojo gallo, solían ser vinos que salían al mercado por junio, por el principio del verano, habían tenido ya por lo general sus dos fermentaciones.

Una panorámica de nuestras viñas con la Finca Torremilanos al fondo.

Estos vinos, aparte, habían estado siempre en una superficie porosa (madera, argamasa, hormigón) que permitía el intercambio con el aire. Estos vinos respiraban y se curaban, evolucionando así el color, el aroma y el sabor, esto también propiciaba las dos fermentaciones del vino.

Para mí un Clarete, quitándole las comillas, es decir, sacándolo del uso coloquial y entregándolo al dominio del uso FINO del conocedor (evocando las crónicas de Castilla del 1929 en que se definía el vino de Torremilanos que en aquella época elaboraba su fundador, Calixto Seijas), nos lleva al concepto mítico del vino del “Fine Clairet”, acuñado por los
ingleses, como el vino más fino y elegante que se hacía en el momento, donde se cuidaban y extremaban los procesos de elaboración para mantener esa fineza y elegancia. Vinos que no tenemos claro hoy sus procesos de elaboración, aunque sí que se ponían todos los medios y sensibilidad posible a su alcance para poder llegar al resultado deseado.

Vinos limpios, brillantes, finos, elegantes, auténticos, aromáticos, sabrosos, atemporales, con gran capacidad de guarda y armonía. Vinos que en la actualidad serían considerados como, quizás, vinos “naturales”, pues en aquella época todo era diferente.

Ricardo Peñalba, Finca Torremilanos.

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